Cerró la puerta con fuerza, le puso doble llave y caminamos a distancia al ascensor. Apreté el piso uno y ninguno de los dos abrió la boca.
Había sido una noche densa. Nos encontramos en el metro a eso de las ocho y la gente no dejó saludarnos hasta Baquedano, donde muchos bajan a hacer combinación, donde el aire entra a los vagones; nos besamos. Llegamos a su departamento y preparó un plato que sólo a ella le queda así de bien. Ahí comenzaron las primeras discusiones. Puntos de vista opuestos. Cada uno quería plantear el suyo atropellando al otro. Me asusté. Le pregunté si era conmigo con quien más discutía. No dudó en decirme que sí, que conmigo costaba entenderse, que era tozudo. Me lo dijo tan suelta de cuerpo sí, contigo es con quien más peleo, y agregó me parece de lo más natural, paso más tiempo contigo que con nadie y en algún momento tendremos que ponernos de acuerdo.
Me dijo que a ella no le gustaba pelear, y a mí tampoco. No lo cambio por estar abrazados viendo una película una noche de lluvia. No lo prefiero antes de comer un sánguche hecho en casa, entre risas, con música suave y una cerveza. No es mejor que caminar de la mano, una noche de verano por el centro de Santiago, donde vive ella, y pasar a comprar un helado, tomar la mitad en el boliche y la otra en el camino, ¿quién lo cambia por las discusiones?
Nos acotamos luego de una conversación áspera sobre mi trabajo y mi futuro; temas adorables para un recién egresado. Pero no dejó de tener razón en todo lo que dijo. Ella utilizó cada palabra como un bisturí, que fue dejando pequeños cortes en esa armadura de egos que ajusto, con cuidado, cada mañana. Tal vez se equivocó en la forma, aún más dura que sus cortes. Pero ella tenía la razón -la mayoría de las veces la tiene-.
En la cama tenía la cabeza en llamas. Y faltó que rebotaran otro par de palabras para que esa noche se convirtiera en una procesión.
Agarré el primer libro que encontré, o más bien, el libro que ella había preparado días antes a mi visita. Como que lo intuía. Se llama Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez y me transportó, por algunas horas, en realidad varias, porque lo terminé esa misma noche, a un espacio sublime. A una mezcla delirante de humor patético y de pasión desenfrenada con un hombre a los 90 años como protagonista. Historia que saca jugo en pocas horas, algo así como El Coronel no tiene quien le escriba, del mismo autor, y que vuelve a reafirmarme que no hay nada mejor que una buena historia contada en pocas líneas.
El libro terminó y con eso también mi rabia contenida. Dormí profundo hasta las nueve y media. Antes que sonara el despertador ya estaba metido en la ducha rememorando las historias. La de un viejo que a los noventa años terminó enamorado, tras una vida de burdel en burdel, de amores sucios y de camas malolientes. Y la de esa noche junto a ella sin siquiera tocarle un pelo.
Tomamos desayuno sin conversar mucho. El hielo de la noche anterior sobrepasó el sueño y cuando algo se acuesta mal pocas veces amanece mejor. Ya había escuchado a algunos, con más experiencia en esto de los sueños de pareja, decir que no había que acostarse encrespado. Que se dormía mal y se levantaba peor.
En fin, se maquilló, me lavé los dientes y salimos.
Cerró la puerta con fuerza, le puso doble llave y caminamos a distancia al ascensor. Apreté el piso uno y ninguno de los dos abrió la boca.
Me arreglé el pelo en el espejo y sentí que ella hacía lo mismo. Nos miramos a través de los vidrios y no aguantamos la risa. Piso 3, 2, 1. Nos bajamos, nos abrazamos, nos disculpamos. Y desde esta mañana prometo no acostarme con la cabeza en llamas, para no arrepentirme, como el anciano de Memoria de mis putas tristes a los noventa años, de no haber amado como se debía.
