miércoles 6 de mayo de 2009

Encrespados

Cerró la puerta con fuerza, le puso doble llave y caminamos a distancia al ascensor. Apreté el piso uno y ninguno de los dos abrió la boca.

Había sido una noche densa. Nos encontramos en el metro a eso de las ocho y la gente no dejó saludarnos hasta Baquedano, donde muchos bajan a hacer combinación, donde el aire entra a los vagones; nos besamos. Llegamos a su departamento y preparó un plato que sólo a ella le queda así de bien. Ahí comenzaron las primeras discusiones. Puntos de vista opuestos. Cada uno quería plantear el suyo atropellando al otro. Me asusté. Le pregunté si era conmigo con quien más discutía. No dudó en decirme que sí, que conmigo costaba entenderse, que era tozudo. Me lo dijo tan suelta de cuerpo sí, contigo es con quien más peleo, y agregó me parece de lo más natural, paso más tiempo contigo que con nadie y en algún momento tendremos que ponernos de acuerdo.

Me dijo que a ella no le gustaba pelear, y a mí tampoco. No lo cambio por estar abrazados viendo una película una noche de lluvia. No lo prefiero antes de comer un sánguche hecho en casa, entre risas, con música suave y una cerveza. No es mejor que caminar de la mano, una noche de verano por el centro de Santiago, donde vive ella, y pasar a comprar un helado, tomar la mitad en el boliche y la otra en el camino, ¿quién lo cambia por las discusiones?

Nos acotamos luego de una conversación áspera sobre mi trabajo y mi futuro; temas adorables para un recién egresado. Pero no dejó de tener razón en todo lo que dijo. Ella utilizó cada palabra como un bisturí, que fue dejando pequeños cortes en esa armadura de egos que ajusto, con cuidado, cada mañana. Tal vez se equivocó en la forma, aún más dura que sus cortes. Pero ella tenía la razón -la mayoría de las veces la tiene-.

En la cama tenía la cabeza en llamas. Y faltó que rebotaran otro par de palabras para que esa noche se convirtiera en una procesión.

Agarré el primer libro que encontré, o más bien, el libro que ella había preparado días antes a mi visita. Como que lo intuía. Se llama Memoria de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez y me transportó, por algunas horas, en realidad varias, porque lo terminé esa misma noche, a un espacio sublime. A una mezcla delirante de humor patético y de pasión desenfrenada con un hombre a los 90 años como protagonista. Historia que saca jugo en pocas horas, algo así como El Coronel no tiene quien le escriba, del mismo autor, y que vuelve a reafirmarme que no hay nada mejor que una buena historia contada en pocas líneas.

El libro terminó y con eso también mi rabia contenida. Dormí profundo hasta las nueve y media. Antes que sonara el despertador ya estaba metido en la ducha rememorando las historias. La de un viejo que a los noventa años terminó enamorado, tras una vida de burdel en burdel, de amores sucios y de camas malolientes. Y la de esa noche junto a ella sin siquiera tocarle un pelo.

Tomamos desayuno sin conversar mucho. El hielo de la noche anterior sobrepasó el sueño y cuando algo se acuesta mal pocas veces amanece mejor. Ya había escuchado a algunos, con más experiencia en esto de los sueños de pareja, decir que no había que acostarse encrespado. Que se dormía mal y se levantaba peor.

En fin, se maquilló, me lavé los dientes y salimos.

Cerró la puerta con fuerza, le puso doble llave y caminamos a distancia al ascensor. Apreté el piso uno y ninguno de los dos abrió la boca.

Me arreglé el pelo en el espejo y sentí que ella hacía lo mismo. Nos miramos a través de los vidrios y no aguantamos la risa. Piso 3, 2, 1. Nos bajamos, nos abrazamos, nos disculpamos. Y desde esta mañana prometo no acostarme con la cabeza en llamas, para no arrepentirme, como el anciano de Memoria de mis putas tristes a los noventa años, de no haber amado como se debía.

jueves 16 de abril de 2009

Partida falsa

He tratado, durante los últimos dos meses, escribir algo nuevo. No he podido terminar ninguno de los textos que comencé. Aquí algunas partidas falsas:

Estar lejos de la contingencia me ha vuelto más sensible. A esa conclusión llegamos con Jorge, después de explicarle los beneficios de tener más tiempo de ocio. “Le estás poniendo más atención a las cosas”, me dijo al final. Todo, a raíz de mi comentario sobre la canción argentina que postuló al último Festival de Viña del Mar. Fue compuesta por Víctor Heredia y su coro es magistral:
Tengo esa nostalgia de domingo por llover,
de guitarra rota, de oxidado carrusel.
Ay, Alelí. Pobre de mí.
Punto.

Me subí al Metro envuelto en ese calor de verano de marzo. Todavía es verano, no hay cambio de estación. Parece que el calor de verano de marzo es más angustioso que el de fines de diciembre o principios de enero. Más angustioso porque el calor no se mezcla con fechas de celebración como Navidad o Año Nuevo. Porque no ataca en medio de proyectos vacacionales y noches de carretes. El calor de verano de marzo llega en medio de días agitados, de ponerse al día, de fijar fechas, reuniones, trabajos y para algunos, más angustioso el calor de verano de marzo; para buscar un trabajo.
Punto.

Me embauqué en uno de esos talleres literarios que se publicitan en el diario. Era de un escritor conocido, que aparece semanalmente en la prensa. Ha escrito libros amables, distendidos; que se leen. Fue profesor en la universidad donde estudié. Un buen guía, cercano. Especial para esos últimos ramos de la carrera de Periodismo, donde buscábamos más fluidez, libertad y menos contingencia.

Me inscribí en su taller y desde ese día dejé de escribir. Me había acostumbrado a escribir dos veces al mes, esparciendo mis horas de ocio, en las que intentaba escribir, y las mezclaba con las de trabajo; que no son muchas, lo que me alegra y me dejan espacio para pensar.

Aunque las últimas semanas han sido un poco tormentosas. Exigencias en mi trabajo de último minuto, además me subieron el sueldo, positivo; pero subieron las responsabilidades y, por sobre todo, la autoridad de mis jefes por exigirme más tareas. Mi padre se operó de un desprendimiento de retina que casi lo dejó tuerto, y me he tenido que hacer cargo de su boliche. Sumado al par de ayudantías, me han dejado con pocazo tiempo, o menos del que quisiera.

Culpé la falta de escritura al tiempo, al ocio. Pero anoche, mientra tomaba una ducha; no soy de bañarme en la noche, pero hay días en que es necesario: luego de un día largo el agua caliente distiende el ánimo, relaja músculos y refresca. En la tina comencé a recordar algunos de los pasajes más escalofriantes del taller de literatura. Lo extraño es que no lo recordaba como tal, las imágenes que venían no eran las de lecturas de libros, crónicas, cuentos o historias. Tampoco se me venían a la cabeza autores, títulos o reseñas. Y claro que el taller incluía esas cosas.

Lo recordé como una terapia de grupo. Una catarsis. Un flujo de sentimientos, de emociones que recorría la sala y me dejaban perplejo. Ancianas de 70 años, abogados con el pecho influado, actores de teatro retirados. Estaban ahí para escribir su historia de vida, para recordar el pasado, para llorar al hijo perdido, para honrar a su padre. Mientras me hundía en mi asiento.
Punto.

Espero retomarlas; cuando hayan ganas, porque tema hay, ¿no?

jueves 26 de febrero de 2009

La espera

Hay esperas que alimentan el alma: la previa de un partido de fútbol en el estadio. Los empujones antes de llegar a un asiento, la bulla de los vendedores: “café, café. Confitado, rico el maní”. Escuchar el relato con audífonos de algún reportero en los vestuarios, las alineaciones, las tácticas que proyectan los analistas. Cuando entra el equipo a la cancha, se apreta el estómago, el grito aflora con pasión. Escuchar el nombre de los jugadores, pifiar a los contrarios. Todo esto mezclado con el humo y juegos de artificio de los más fanáticos.

Esperar la salida de una banda también alienta. Un grupo que no venía hacía años o que jamás pasó por estas tierras. En la entrada se venden pañuelos, gorros, poleras. Por un segundo pareciera que ese día lo único importante es el show. Los fans que se encaraman por las barandas, la banda que telonea: el grupo que llega al escenario, el público que se agolpa.

Por estos días la paciencia se agota. Por las mañanas me cuesta levantarme. Difícil hacerse el ánimo de que se vendrá otro día inoficioso, trabajando por buenas lukas pero en un lugar con proyección incierta y siguiendo a la espera del famoso proyecto. El despertador suena con frenesí por las mañanas: más fuerte que de costumbre, más seguido.

En La Despedida, novela del escritor checo Milan Kundera, uno de los personajes centrales, al llegar a las termas de descanso y sanación, es acompañado por un norteamericano multimillonario, quien reflexiona sobre el sonido del despertador. Pero lo hace como una de esas personas que no conocen la necesidad de utilizar alarmas por las mañanas, esas que tanto envidio; que no conocen el vértigo del día a día y cómo los minutos en la mañana se hacen aire.

“En este país la gente no aprecia la mañana. Se despiertan por la fuerza, con la ayuda del despertador, que destruye su sueño como el golpe de un hacha, y se entregan repentinamente a una lastimosa prisa. ¡Ya me dirá usted qué clase de día es el que empieza con semejante acto de violencia! ¡Qué puede pasarle a la gente cuando recibe diariamente, con la ayuda del despertador, un pequeño shock eléctrico! Diariamente tienen que acostumbrarse a la violencia y desacostumbrarse al goce. Créame, lo que decide el carácter de la gente son sus mañas”.

Es en la espera que el despertador molesta más. Y cuánta razón tiene este tipo, despreocupado de la vida, un pequeño Farkas en la historia de Kundera, que la violencia de una alarma por las mañanas terminará por descomponer el cuerpo del que recién despierta.

Además de Kundera, he tenido la oportunidad de leer a algunos autores contemporáneos, de pluma ligera y que están de moda. El fin de semana leí GoodBye Columbus de Philip Roth, hasta hace poco inédito en español, pero que catapultó su nombre por el mundo.
Me gustó la forma: corta. Descubrí que me gustan más las novelas cortas, nouvelle, o como dicen los norteamericanos short stories. En este formato no hacen falta más que unas cuantas páginas para descubrir una historia apasionante, en el caso de Roth un romance de verano, con encantamiento-amor-lujuria-traición, en menos de 100 páginas.

Así prefiero las cosas hoy: sin esperas tormentosas, sin desenlaces imperecederos.

jueves 12 de febrero de 2009

Conversación matutina

Corrían los últimos días de clase: “te caga la vida pues oiga”, me dijo la señora Carmen con los ojos brillosos. “No había la libertad de hablar esos temas. No teníamos la confianza con nuestros padres como la tienen ahora. Me violaron a los 13 años, tuve que arrancarme de la casa… tuve la guagua sola”.

La señora Carmen es la cocinera del boliche de mi padre. Es regordeta; de brazos gruesos y de caderas pronunciadas. Morena, pelo oscuro, arrugas marcadas, y con el delantal blanco que viste, se notan más. Por las mañanas anda de buen humor. Se levanta a eso de las cinco y media de la mañana. Deja el desayuno preparado a su esposo, toma un bus que la lleva de su población en La Cisterna hasta el metro y de ahí hasta providencia. Una hora y media de viaje.

Se las ingenia para andar sonriente. Para abrir el local, prender los hornos, descongelar pollos, hervir las aguas. Picar verduras, lavar platos y preparar su famosa carne al jugo. Como la señora Carmen, nadie la cocina.

Nació en el 54’ en un pequeño pueblo cerca de La Serena, proviene de una familia humilde. Estudió hasta donde pudo en un colegio municipal. Se vino a Santiago en busca de un trabajo.
Antes de ir a la universidad me gustaba pasar a tomar desayuno al boliche de mi padre. Un segundo desayuno. Más contundente, con café de máquina y con sabor, más un pan tostado crujiente con huevo duro molido y mayonesa. La mezcla solía estar fresca, caliente, humeante.

Esa mañana, pocos días antes de terminar el semestre, traté de concentrarme en el diario. En eso, la señora Carmen y su ayudante de cocina me preguntaron en qué estaba. “Saliendo de la universidad, es mi última semana de clases”. Desde ahí, me vi envuelto en una conversación poco usual a eso de las ocho de la mañana. Si las tostadas con huevo duro no me animaban, si la cafeína no hacía efecto, la conversación me despertó como pocas veces.

“Aproveche que es joven. No se case todavía”. Discusión heredada. Hoy, la historia del casorio no viene luego de salir de la universidad. “Ensaye, todo lo que quiera. Pero no tenga hijos, vivirá para ellos”. Hasta ahí, conversación poco novedosa, poco práctica, pero distendía el ambiente mientras me servía la tasa de café.

“Yo fui madre a los 13 años, tuve que arrancar con mi hija”. Había sido violada por su profesor jefe. Cercano, de buena familia, pintoso, culto. Era de muchos amigos, conocido en el pueblo. Hombre respetado, amigo de la familia de la señora Carmen. Era su estrategia. Mientras más cerca, menos dudas.

A los 13 años qué podía hacer. Agarró un par de pilchas y arrancó a la capital. Ahí encontraría un refugio, nadie la castigaría por el pecado cometido. Quién podía creerle a la preadolescente que el santurrón del profesor había abusado de ella. Menos en el campo. Parecía una travesura.

Cuántas de estas historias se repiten. Hasta cuándo tendremos que aguantar que niñas inocentes, puras, sean abusadas por hombres enfermizos. Y los hay en todas partes: profesores, curas, familiares. Hasta cuándo colmarán portadas en diarios. Cuándo dejarán de aparecer noticias como las últimas publicadas sobre Marcial Marciel. Hasta cuándo los perdonarán sus seguidores. ¿Hasta cuándo le cubrimos las espaldas a estos desquiciados?

lunes 26 de enero de 2009

Playa y libros

Hoy desperté liviano. Con el rostro fresco y el cuerpo descansado. Eran las 11 de la mañana y el reflejo del sol brillaba en la cortina. El mar era el único ruido de fondo. Bajé a tomar desayuno, mi padre estaba frente al computador y mi madre todavía no despertaba. Calenté un poco de agua, tosté medio pan. Me senté frente a la ventana, con un oleaje pasivo; masqué la marraqueta con la mantequilla que escurría entre las migas.

El día siguió más o menos así. Sin sobresaltos, sin apuros. Por eso escribo, porque tengo el tiempo, las ganas. Nada de inspiraciones, no las necesito. El trabajo de redactor, de periodista o reportero no da espacios para esperar la inspiración. Los tiempos vuelan en una sala de noticias. Terminas escribiendo maquinalmente. Ahora escribo porque quiero, la mecánica ayudó: encuentro las palabras más fácilmente.

Me compré un libro hace unas semanas de Eugenio Tironi. Se llama “Crónica de viaje, Chile y la ruta a la felicidad”, me pareció un buen título y un excelente autor; reconocido analista, agudo sociólogo; experto en comunicación, en asesorías; buenas luces para mi oficio. Cuando lo fui a pagar el tipo del mesón me indica el monto: $1.600. “¿Cómo, en serio?”, pregunté. Es una buena edición, Aguilar de El Mercurio, con rico empastado y de letra grande. “Es que nadie le cree a Tironi”, me contestó y siguió, “No… es tu día de suerte, es el último y el sistema baja automáticamente los precios de los últimos ejemplares”. ¿No debería ser al revés?

En la playa -frente al mar- el libro me cansó. Leí varias páginas, me concentré en algunas notas, pero el grueso del libro no está en conexión con mi estado de ánimo. Creo entonces que no hay libros malos, incluso que no hay malos lectores, la cuestión va más bien en qué momento de tu vida agarras la tapa, miras el título y decides echarle un vistazo. Me pareció que la portada de Tironi se acercaba a lo que necesitaba por estos días: crónicas de viajes, rutas de la felicidad, y quizá cuántas historias bien tituladas encontraría en el relato. Tal vez pequé de inocente, Tironi -por mucho que describa un viaje de introspección- terminará enumerando datos, contrastando política, economía y sociología.

En su primer capítulo, titulado “Punto de partida”, encontré una frasecilla que me pareció interesante, que se escapa del contexto general y que es una pequeña licencia del autor: “Debo admitir que lo que me da realmente placer es pensar, no escribir. Escribo simplemente para concentrarme, para reflexionar en forma sistemática, para ordenar las ideas. Por lo mismo, cuando estoy escribiendo muchas veces siento perder el tiempo, que acaso podría estar mejor empleado si lo destinara a leer, a reflexionar”.

Venía de vuelta de un paseo por la costanera. Andaba poca gente por el balneario, ese que todos se asustan cuando nombro. Pero mi casa queda escondida, entre cerros y curvas, calles polvorientas, frente a un roquerío que forma pozas para el baño. Pensaba en qué escribir, qué suceso valía la pena nombrar, qué historia se podía diseccionar. Quería sentarme frente a un computador a lanzar ideas. Un buen comienzo y la historia seguiría sola.

Redactar una frase, borrarla, pensarlo dos veces y escribir otra. Incluso volver atrás, pensar que la anterior era mejor y seguir desde ahí. Escribir, a mi parecer, es un proceso que involucra mucho más que ordenar ideas, es volver a plantearse las cosas, es reproducir un pensamiento que daba vueltas por la cabeza pero que necesitaba tomar contacto con la guía –el papel- para encausarlo. Para que no quede en una idea fugaz y convertirla en parte de un relato atractivo; livianito y veraniego, pero que daban ganas que quedara bien plasmado.